SUNSHINE BONI
16/02/12
06/02/12
Motivos para postergar el suicidio hasta el próximo domingo III
Lo tiene todo pensado la vieja.
Ayer universo, un ser vivo me dijo que soy muy feminista y comparo la terrible necesidad de que nos dejen de joder a las minas, que dejen de controlar lo que temen, con una guerra. Machismo vs feminismo? una guerra? A lo sumo será como la de los dos demonios. Falsa y perversa. Esto no es una guerra. Es un somentimiento histórico. Me acorde de Cameron llamando colonialista a la argentina cuando el tipo decía esto. Viste la publicidad de Quilmes universo? Esa con los dos ejércitos que gritan y pretenden hacer de esos discursos de guerra un algo igualitario? Es un vergüenza. A ese guion lo escribió un boludo.
“Te hago una extensión de la tarjeta dice un personaje… “
“no la necesito – debería haber contestado la chica- porque gano igual que vos… y seguramente si gano igual es porque trabajo el doble, acordate amor de esa vez gane mas… y los problemas de erección que tuviste”.
Porque también acostumbran a pagarnos menos viste?. El rosa no me gusta y ya, quede afuera, “la luna creciente… córtate el pelo en luna creciente y que se yo cual es, para mí la luna es como la gente, pocas veces la entiendo aunque todos digan que tiene una conducta cíclica regular.
Y el activia?? Nos quieren flacas pero si te tiras un pedo te pueden lapidar.
Después nos empezamos a enfermar porque tenemos el culo lleno de miedo. Pero después si no queremos por ahí, somos frígidas. Quien entiende universo? Inventan lo del tránsito lento para que cada vez que un cristiana que no puede ir al baño lo diga en el super parezca más boluda que el día anterior. Transito lento? Por favor, lo que tenemos es a toda una sociedad gritándonos desde que nacemos que para ser deseadas (que es el puesto número uno al que podemos aspirar además) tenemos que ser impolutas, limpias, princesas sin desechos. Pobre, tonta y constipada. Chau universo. Que tenemos que tener hijos si o si o somos viejas locas. Tener nueve meses un ser humano adentro y después el héroe es el médico, que nos acuesta contra toda ley de gravedad para no tener que agacharse, un medico en cuclillas que vergüenza. Después salen a felicitar al padre. De hombre a hombre. Chau universo yo me la vuelo. Que somos chusmas dicen también. Y todo mal tiene su explicación genealógica y por lo general cuando llego a ese punto inicial con el pensamiento casi siempre es algo que han generado ustedes varones. Son años sin poder opinar en los lugares legitimados, años de no poder decir nada en la mesa con los invitados… obvio universo! Después voy a la cocina, voy a decir todo lo que pienso y en voz bajita y muy rápida para que no me peguen. Asi que abuelas del mundo las abrazo y se que enseñaron a sus hijas lo que aprendieron y ellas igual con nosotras. Que somos frígidas dicen! Obvio. Si jamás se preguntaron cómo es el sexo placentero para una mujer, y lo peor es que algunas mujeres ya ni saben que es, por eso se finge universo. Por eso se finge. Creen que están equivocadas ellas. Que algo les pasa.
Otro dijo que le parecía injusto que ellos succionaran nuestros fluidos y nosotras aveces nos negábamos con los suyos… cuando sea directora de películas pornográficas voy a filmar a seis mujeres menstruándole a un hombre en la cara. “Noo oscarr… sonreí… cuando te acaben sonreí. Sino chau me busco otro”. A ver si ahí son tan pasionales, tan caribeños y no se sienten violentados. Yo quiero verlos bailar universo. Que no somos graciosas? Y claro si sos divertida algo raro tendrás. Debes ser lesbiana. Sabes que es eso universo… terror, terror de los travestis, las mujeres, los locos. No sabrían como hacer.
Lo peor… como el pobre que le dice negro de mierda a uno mas pobre y vota a macri o alza una bandera nazi y no entiende que el será el primer aniquilado…o el segundo como mucho, bueno esto pasa con muchísimas mujeres que de tanto machaque no vieron la matrix y creen que tienen que jugar el juego de la debilidad, y son tontas y aburridas, y militan una belleza inexistente, una ternura falsa y la poca comprensión del momento histórico que atraviezan. Chau, se acabo. Aunque ahora que digo todo esto en voz alta me acuerdo de esta canción de Ana Prada y es como un aliciente… podré pausa al programa numero 3000 de mirta y postergare mi suicidio hasta el próximo domingo.
26/01/12
Motivos para postergar el suicidio hasta el próximo domingo II
Los argumentos son siempre frágiles. Los vendedores de relojes en cambio solo quieren deshacerse del coso ese que no para de recordarles la pobreza. Que suena y suena y suena…
Bueno, eso temen, que en mitad del kaos ciudadano ese único motivo de vida se extinga, y ellos caigan desplomados sobre lajas hirvientes en la peatonal. Secos como Sor Juana Ines, como mirta legrand que está muerta y no le avisaron. y PLaf.
Así que hoy, solo por hoy y en un rapto de optimismo ajeno, me atreví al acto de la recolección de motivos.
A saber por orden de importancia: Los dientes, la palta, cualquier pensamiento expuesto en estratagemas, septiembre con p, todos los estamentos útiles (a falta de algo mejor). las tías de cualquier clase, Mary ingals cogiendo por primera vez, el día que inventaron la idea de invención de la fe, el día que alguien dijo que la verdad era un hecho interpretado, un príncipe azul lleno de pena azul, la mimesis, las heridas y los consejos de magia, el secreto para no ser aburrida, el día que dijeron "tirate un que? tirate un paso" y se armo un kilombo precioso… pero sobre todo universo, sobre todo el track número seis del disco de luis Alberto spinetta, Artaud. Escuchen escuchen… y confíen y posterguen el suicidio hasta el próximo domingo.
19/01/12
Motivos para postergar el suicidio hasta el próximo domingo.
23/12/11
18/09/11
15/09/11
Sueltos.
el hombre atravieza la puerta
en el umbral
reconoce el cambio de aire
deja para después aquellas cosas que lo harán engreído
entonces su barba empieza crecer
demuestra con la habilidad de sus manos
que no todo esta entregado a la robótica
rehace una trenza que lió
con los cabellos que sobrepasan su mentón
una larga trenza que llega hasta el piso
el pedazo de cabello anudado barre los mosaicos de su casa
cuando la pelusa acompaña el largo camino que su pelo dibuja
el hombre sabe que es tiempo de barrer
y barre
2.
Este era malo, lo borré.
3.
todo está suspendido en la creencia
todo está construído en la carencia
4.
moriría como luisa
como la espuma y tu mamá
16/08/11
7
Estoy en Siberia, y fue tremendo recibir tu carta porque acá pasa algo (otra vez lo digo, y pienso seguir diciéndolo si es necesario) que nunca había visto en mi vida, y que creo no vuelva a ver. Estoy en Siberia. Y acá el tiempo no ha pasado. Digo tremendo porque es de verdad tremendo: acá no hay señal de nada. No andan los satélites. Por más que uno tenga su propia antena, para ver tele, para el teléfono, para la internet, no anda, no se puede conectar esta parte de la tierra con cualquier parte del cielo. Entonces pasó todo esto que te voy a contar, y sé que lo vas a creer porque para qué mentirte: esta demora mía en responderte fue porque tardé dos meses en llegar al único pueblo donde admiten seres humanos que no son rusos. Viajamos en una diligencia, como las de las películas o los libros de historia: me di cuenta que una diligencia es un sulky de alta gama, lo mismo pero con techo y ventanas. Aunque te parezca mucho, tardamos poquísimo: dos meses para llegar a la punta superior derecha del mapamundi que nos enseñaron en el cole, en sulky, es muy poco tiempo. Nunca había visto caballos que galoparan tan rápido y tanto tiempo seguido. Hay una novela de Moyano que transcurre en la cordillera de los andes, a la altura de La Rioja. Ahí se narra un viaje de ocho o nueve mulas que transportan un piano de cola, para llevarlo al mar, creo. Y por causa de la altura, las mulas, mientras avanzan, van chorreando sangre desde la nariz. Pero nunca se detienen. Estos caballos, recontra mil cagados de calor pese a la nieve y el hielo, también chorreaban sangre por la nariz, mientras galopaban al mango. Fue increíble: pasamos sesenta días deteniéndonos apenas de a lapsos de diez minutos, y los caballos iban tan rápido que el paisaje se fue poniendo cada vez más blanco y sin plantas (supongo que será la tundra de la que hablaban las maestras), y las gotas de sangre de los caballos pegaban contra los vidrios frontales de la diligencia (en el parabrisas), por la velocidad, y no tenían limpiaparabrisas, así que el vidrio terminó convirtiéndose en una obra de arte pagana, precaria, de esas que sólo llegan al éxito en Youtube. Cuando llegamos al pueblo, a este lugar desde donde te escribo (ahora a mano), quise conectar el BlackBerry pero me dijeron eso que te conté antes, que acá no llega ningún tipo de señal. No hay forma de conectarse con nada. Ojo: además no tenía batería, imaginate. Pero acá viene lo increíble: ¿sabés qué hacen para comunicarse? A los de Movistar o Personal les latería el orto acá. Tienen una diligencia especialmente preparada para viajar al punto en el que se pierde toda señal. Ese punto está a ciento ochenta kilómetros del pueblo en el que estoy parando. Lo que hacen es recolectar todos los mensajes que tienen para dar las personas. Los llevan escritos, manuscritos, a este punto que te digo, al sudoeste de acá, y ahí mismo, donde hay un pequeño edificio de adobe que funciona como central, hay un equipo de rusos que transcriben los mensajes nuestros y los mandan por correo, por mail, por sus BlackBerrys o por teléfono, a quienes corresponda. Lo único que llega acá son las ondas de radio, porque son cositas que viajan en el medio, ni en la tierra tierra ni en el cielo cielo. Entonces, recién cuando uno les da sus datos y sus claves, recién ahí uno está en condiciones de recibir mensajes: antes no existen los mensajes para uno porque acá no se existe. Si uno no avisa que está vivo, que está en este lugar de Siberia, acá no se existe. Ayer di mis datos a la diligencia de la mensajería y hoy, hace un rato, recibí tu carta, que escribiste hace tantos, tantos días. Me la dieron manuscrita, en español, como si nada. Y por eso ahora mismo te estoy respondiendo, a mano, temblando como un hijo de puta, pero feliz, sobre un papel amarillento que me dieron dos tailandeses, escribiendo con una lapicera Savonis que me traje desde Córdoba, que compré en una librería de General Paz y Deán Funes. Estoy en Siberia, escribiéndote con una Savonis, y como te imaginarás, no entiendo nada. Dicen por acá que pronto va a haber elecciones en Argentina y que Cristina va a perder. Si pasa eso me voy a Paraguay y me quedo ahí, o a Londres, no sé.
El pueblo éste es raro. Te puedo contar en la próxima carta si querés. Sólo hay cuarenta y ocho camas disponibles, distribuidas en siete cabañas. No sé si soy feliz acá, pero me siento pleno. La palabra felicidad no tiene nada que ver con este lugar. Pero sí tiene que ver con escribirte. Quiero que estés tranquila, porque en serio estoy muy bien. Te escribo mucho del lugar porque ya ves, esto es literalmente otro planeta. Vos misma, desde acá, te ves absolutamente distinta. Tenés la misma sonrisa y las mismas ocurrencias, pero al mismo tiempo es como si te pensara a millones de kilómetros de distancia, como si estuvieras tomando una copa de vino en Saturno y yo te pensara (te mirara) desde Marte. Como si te fueras, mientras te miro, impresa en un cartel en la parte de atrás de un colectivo. Estoy bien. Y cambió tanto, pero tanto, mi manera de pensar, me siento tan solo e indestructible, que estoy pensando seriamente en tratar de seguir camino hasta la punta punta, hasta ese estrecho que a nosotros, en la primaria, se nos caía del mapa, para cruzar a Alaska y así volver a nuestro continente, y a partir de ahí alquilar un auto y salir a buscar un número de la revista El Gráfico en el que salía en la tapa Ramón Díaz con su característica cara de hiena, esa que pone siempre cuando come mierda y se ríe.
Vos te preguntarás por qué Ramón: bueno, no sé. Pero creo que voy a intentar salir a buscar esa revista, tratar de encontrarla en alguna esquina del mundo.
Supongo que por carta podremos seguir comunicándonos, o por el aparatito. ¿Vos qué creés? ¿Dónde andás vos? No sé cuándo carajo vas a recibir esto, pero ¿podremos encontrarnos de casualidad en alguna esquina del mundo, uno mirando los carteles de alguna avenida o alguna playa con un Gráfico bajo el sobaco y la otra diciendo “ey”, y salir caminando hacia algún café, para ensayar alguna promoción de merienda, o algún tostado con licuado?
Y qué querés que te diga, yo creo que sí. Es lo que sigue para mí. Alquilo un auto y me cruzo de continente. Te voy avisando a medida que tenga señal. Vos avisá dónde estás, y cómo estás, esas cositas de las que vivimos.
Cariños
11/08/11
09/08/11
29/07/11
20/07/11
Odontalgia
Agitó los músculos de la lengua
como torciéndolos y me explicó
cómo llega el pájaro a la ciudad
y comprende lo más adecuado para el nido
cómo sobreviven las plantas en medio del hielo
porque algo en su raíz reza
El doctor pone picos en mi boca
su aliento a químicos me da curiosidad
ama los huecos
los rellena
deberíamos lamernos como perros
algo poco sexy sobre este asiento aeronáutico
11/07/11
05/07/11
25/06/11
20/06/11
18/06/11
No quiero disecar todo hoy
no quiero destrozarte, ya ves
pero no lo puedo evitar
pegame con una regla astillada
golpeame hasta que caiga al suelo
Lo que realmente quiero es algo de paciencia
un modo de calmar esta voz enojada
lo que realmente quiero es la liberación
¿Te canso?
soy como Estella
me gusta atraerlo y después escupirlo
y humillada por su naturaleza humilde
¿Qué no daría por encontrar un amigo del alma?
alguien que entienda esta explosión
¿Y qué no daría por conocer a un parecido?
Suficiente de mí, hablemos de vos por un minuto
Suficiente de vos, hablemos de la vida por un momento
Los conflictos, las locuras y el sonido de las mentiras
cayendo alrededor
¿Porqué estás tan paralizado de silencio?
¿Podés manejar esto?
Pensaste acerca de tus cuentas, tu ex, tus plazos
o cuando vas a morir?
¿O duraste para la próxima distracción?
un alma donde cavar un agujero mas profundo
y no tengo ningún concepto del tiempo
Todo lo que realmente quiero es algo de paciencia
un lugar para encontrar un suelo en común
Y todo lo que quiero es algo de confort
un modo de desatar mis manos
13/06/11
10/06/11
03/06/11
5
Puedo llorar de la emoción. Decís que no sería mi cabeza pero puedo, me sale, lo he hecho. Lloro cada quince o veinte días por alguna emoción. Lloré cuando los mozos de la casa rosada despidieron a Néstor, el 27 de octubre del año pasado. Lloré también cuando Palermo le hizo el último gol a River, el otro día. Me quebré. Me quiebro con facilidad. Me pasa desde hace un par de años, que le perdí un poco de miedo a mostrarme como lo que soy. No me sale del todo igual. Lloré cuando llovió la última vez. Y lloré en el momento en que decidí dejar todo en Córdoba, mi trabajo, mi perro, mis hijos y mi huerta y mi auto para ver de qué se trata el mundo en esta parte.
Estoy escribiéndote desde un banco de plaza. Está rayado, como los bancos de plaza en Argentina. Todo rayado por adolescentes rusos. No entiendo un carajo, no hace falta que te lo diga. Sino te estaría transcribiendo el texto que este banco me muestra. Hoy desperté por unos ruidos que hacían unas mujeres en la otra punta de la pieza del hostel. Apenas pude abrir los ojos para ver la penumbra: entraban unos rayitos de luz por una ventana fina y alta, y la gente dormía, o se hacía la que dormía, salvo estas chicas portuguesas que se tentaron, en la otra punta, y fueron tomando el rol de un reloj despertador. Hoy desperté como en una pesadilla, porque en el medio de esa situación, se abrió la puerta de la pieza y entró un resplandor. Un resplandor de verdad, que me encegueció, a mí y a todos: la recepcionista le indicaba una de las camas a una nueva huésped, que llegó con un bolso de mano y una valija. Tenés que ver cómo fue el proceso, para mí, de esa vivencia. Como estaba de costado en la cama, lo primero que le vi a la huésped fueron las botas. De a poco, subiendo, un pantalón de jean chupín inversamente nevado, es decir, blanco con pintitas negras, y un cinturón de hueso, ancho, con una hebilla en forma de óvalo apenas arriba de la concha (un cinturón caído, sólo de facha). Vi las iniciales de la hebilla, porque justo, justo, un hilo de la luz de la calle rebotaba ahí, en el metal. Las iniciales eran D.G.I. Subí un poco más, y vi una campera de jean negra, nevada al derecho: negra con pintitas blancas. Ahí empecé a estremecerme, por la memoria del vértigo, la memoria del dolor. Sobre la campera un cuello ajado, sobre el cuello unos lentes negros, y sobre los lentes, sí: un sombrero de cowboy.
La señora que me chupó la pija en el avión vino para mi lado, aunque no lo creas. Estoy durmiendo en la cama de abajo de una cucheta doble. Quise taparme la cara con la frazada, y pensé que lo había logrado, pero la vieja alzó la valija, la apoyó sobre el colchón que eligió, y de un saque, con la naturalidad de un zoólogo que baja para saludar a una tortuga ecuatoriana, se agachó con sus muslos henchidos por un gimnasio perpetuo y quedamos face to face, ella sonriendo, yo fingiendo un sueño atroz.
“Bongiorno”, me dijo, susurrando.
No abrí los ojos pero pude sentir la sonrisa que me estaba dedicando.
El miedo, o lo que es lo mismo, la distancia que sentí entre mi presente y mi futuro, me hizo esperar un poco a que se fuera y me escapé de la cama, me fui a bañar. Después me puse un gamulán de nylon que compré en estos días y salí a caminar.
Estoy escribiéndote desde un banco de plaza y es de noche, es jueves acá, y me dan ganas de llorar. Está nevando un poquito, el nylon del gamulán me salva de mojarme, pero está nevando. Dentro de media hora va a dejar de nevar, por el decreto. Son las diez de la noche y me siento adentro de un sueño, todavía no lo pude superar. Tengo que contarte lo que fue mi tarde, porque nunca viví una cosa así. Nunca pensé que el solo hecho de querer viajar lejos, y hacerlo, me iba a llevar a vivir otra vida, como si fuera otra persona. Cambiar de lugar es cambiarse de ojos, de corazón, de maxilar. Acá en Rusia no existe la particularidad: todo parece universal, aunque uno busque sólo elementos, objetos, cosas, sentimientos, recuerdos chiquitos, ínfimos, inmirables.
Tecleo ahora en este BlackBerry flamante que tengo en la mano, y que a partir de ahora hará todo lo posible, con sus ondas, para introducir algún tipo de cáncer en mi cuerpo, y pienso en la historia de este nuevo día que pasó, necesito escribirte las cosas que me pasaron. Es como un sueño, te lo juro. Siento que hago y deshago todo el territorio ruso a mi antojo. Desde que escapé del hostel, de la italiana chupapijas, creí, tuve la certeza, de que iba a encontrar en este laberinto-ciudad de calles congeladas un lugar tan oculto que ni siquiera un ruso pudiera conocerlo. Y lo encontré, como te digo, como en un sueño desarreglado. Hace ya once horas que camino por Moscú, y ahora pienso en que no puedo vivir por fuera de la idea de la confianza. Estuve horas caminando y usando las palabras sin sonido que brotan de la cabeza, buscando un garito desconocido, nuevo, virgen del frío. Almorcé en un Pancho Villa (acá se llaman igual, son franquicias) y entré a eso de las tres de la tarde por un callejón curvo y así llegué a otro callejón curvo, pero en sentido contrario. Increíblemente ese pequeño pasadizo desembocó en una avenida ancha como la cuenta corriente de Shoklender, caminé unas cuadras entre bocinazos y rusos apurados, y después de otras cuadras encontré otro callejón muy parecido al primero que había tomado, que recorrí casi en forma circular hasta llegar a no sabés dónde: al primer callejón, sí, ¡que había tomado! Sentía en el pecho que estaba cerca del centro cívico ruso. Cuando me di cuenta que era ése, que estaba en el primer callejón, miré al cielo y vi los copos caerme directamente a los ojos. ¿Te acordás de este protector de pantalla de las compus viejas, del Windows 98, que era como un simulacro de viaje en una nave espacial, y que uno se quedaba mirando la pantalla porque había estrellitas que se te venían encima como copos de nieve? Bueno, fue así pero sin espacio exterior, de día. Y así como me di cuenta de que ya había estado en ese callejón un rato antes, también me di cuenta que había cambiado. Así que lo caminé de nuevo, buscando ese segundo callejón que había empalmado con la curva en sentido contrario. Y cuando tomé el segundo callejón también estaba completamente distinto. Tanto que se comunicaba con un tercer callejón, barranca arriba, de adoquines congelados y negocios de bebidas, licorerías. Entré en una y compré una botella en miniatura de Terma cuyano. Salí del local, la abrí, caminé y la terminé de un sorbo. Así puro como venía. Unos metros después entré en otra licorería, mucho más oscura que la primera, que también vendía juguetes, y compré una botella en miniatura de agua desmineralizada. La misma que se usa para los radiadores de los autos. Salí a la calle y la terminé de otro sorbo. Y miré el reloj. Habían pasado dos horas.
Cuando llegué a la cima del callejón, vi que lo continuaba otro callejón, curvo también, pero barranca abajo. Di tres pasos y me resbalé. Se ve que el nylon del gamulán hizo un efecto contrario al que necesitaba, porque empecé a derrapar y a pegar contra los adoquines siguiendo exactamente el mismo camino brusco que me imponían las grietas, las juntas. Las grietas me llevaron a frenar contra el marco de un negocio, del flanco derecho del callejón. Un negocio que venía Cds grabados. Era como un negocio de informática pero en realidad era un negocio de información. Vendían solo discos compactos, pero grabados: lo habitantes de Moscú suelen, en vez de tirarlos a la basura, vender sus Cds usados a estos negocios, y ellos a su vez los ofrecen para otros habitantes, o turistas, o personas. Si vos, por ejemplo, ahora que estás allá, querés escuchar reggae, ellos te llevan a una vitrina donde hay muchos Cds en bolsitas que tienen escrito “varios reggae”, o “marley mix”, o “tosh-marley-perry-skatalites”. La chica que atendía me auxilió en la puerta. Me vio el labio partido y me hizo entrar. Me llevó hasta su baño, sonriendo. Abrió el grifo (sí, el grifo) y me agarró bien fuerte de los pelos de la nuca, y me tiró la cabeza para atrás. Quedamos los dos mirándonos a través del espejo.
Se mojó la mano, me mojó la frente, y después me pasó el pulgar por la sangre del labio.
Y dijo:
“Carnosos”.
Casi me desmayo. La puerta del baño estaba cerrada, sólo una lamparita nos permitía vernos en el espejo, y la chica me habló en español.
“Sos… ¿argentina?” le dije.
“De Aldo Bonzi” me dijo.
“Pará, ¿estoy soñando?” dije, y ella se rió y me tiró más fuerte del pelo:
“No seas tonto” me dijo, “es sólo una casualidad”. “¿Vos no creés en las casualidades?”
“A veces”.
“¿Vos no creés?” me dijo.
“Me cuesta” le dije…
“Creé” dijo. “Creé”.
Me sacó del baño y me llevó por un pasillo. Caminamos no menos de 50 metros. El pasillo era recto, y se fue acabando la luz a medida que avanzábamos. En un momento se acabó: todo se puso oscuro. Al final había una puerta de chapa sin picaporte. La empujó, y entramos en una pieza absolutamente cuadrada. Me dijo que tenía 2,30 por 2,30 por 2,30. Estaba, además, absolutamente revestida en alfombra. Negra. Aspirada, bien limpia, perfecta.
Había dos almohadones celestes en el piso, y un velador con una lamparita celeste.
Encendió el velador y me indicó el almohadón. Ella se sentó en el otro.
(Quedamos enfrentados.)
“Escuchá” me dijo. “Yo tenía un cyber allá en la provincia, y no creía en nada. Un cyber con cuarenta máquinas y cinco televisores con play station 2, para jugar al fulbito. No creía en mi familia, que se desmoronó como seguro se desmoronó la tuya, no creía en el futuro, ni en el sentido de las cosas, y sobre todo no creía en la confianza. Sentía que la posta pasaba por dejarme llevar, pero ¿hacia dónde? ¿Dejarse llevar hacia dónde? Llegaste rodando acá, hace unos minutos. ¿Entendés? Rodando, llegaste. ¿Cómo te llamás?”
“¿Te parece que importa?” le dije.
“La verdad que no. Perdoname” dijo. “Pero entendé lo que te digo. Tenés que creer, porque no queda otra. Yo llegué acá con una mano atrás y la otra adelante. La izquierda en el culo y la derecha en la concha. Y se me veían las tetas. Imaginate lo que fue. Llegué a Moscú, vi ese cartel sobre la pista del aeropuerto, y pensé: ¿por qué lo común tiene ser la cara de lo resignado? ¿Quién carajo puede venir a decirme qué es común y qué es raro? Llegué a Rusia. Bueno. ¿Adónde más quiero llegar? Fue un click, eso ya lo entendiste. Lo estás entendiendo acá, mientras me mirás. Yo, en el mostrador del cyber, me decía todas las tardes: es todo mentira. Estoy cansada de empujar por todo esto porque es mentira. Vivía enojada porque decía que no me quería resignar a la parte horizontal de la vida, a eso que la gente quiere sostener con tranquilidad, como si supieran, ¿no? Todos tenemos las mismas necesidades. Necesitamos que nos quieran, y para que nos quieran, te guste o no, hay que creer” dijo, y respiró hondo.
Seguí mirándola.
“Mirá”, me dijo. “Fijate lo que pasa cuando apago el velador.”
Apagó el velador, lo volvió a prender y en un costado de la pieza, contra el vértice entre el piso y una pared, apareció un mendigo muerto. De la nada. Te lo juro por mi pelo, por mi sensatez. Un mendigo muerto.
“Ahí va”, dijo. “La muerte. ¿Qué es la muerte? La verdad. Bien. Eso dicen. ¿Tienen razón? Sí. Es la verdad. ¿Pero es TODA la verdad? No, no es TODA la verdad” dijo.
“Pero qué es esto” dije, y quise pararme:
“Vos escuchame” me dijo. (Quedé temblando.)
“Todos los relatos de vida son igual de falsos. El relato de todos se basa en una mentira, en algo que parece antinatural. Una familia se disuelve con el paso de una estación a otra. De otoño a invierno, generalmente. Somos testigos de eso, testigos lejanos o cercanos, no importa. Pero lo vemos. Vemos caer el edificio, alguien le pone bombas de esas que lo hacen destruirse hacia adentro sin romper las construcciones del entorno. Y se rompen. Se rompió el edificio de mi infancia, mi adolescencia, los progenitores. Sí, resultó otra cosa. Bueno, pero entonces qué.” Dijo, y apagó el velador otra vez.
Cerré los ojos.
Cuando los abrí había, al lado del muerto, un bebé de dos años, más o menos, tocando el violonchelo.
Tocaba una suite, y tocaba bien.
“En realidad eso no importa. Está la muerte, y está la música”, me dijo. Sonrió. “Y en el hecho de que eso no importa, descansa la certeza que tenemos para hacer algo en detrimento de otra cosa. Hay un circo, un circo andante, y porque hay circo, creemos. Sí, es una mentira. Pero las cosas nacen y mueren así, por el efecto mismo de una creencia. No podemos no creer. Podemos creer en alguna otra cosa que nos permita armar un sistema, pero al final, las que compiten, las que chocan, las que se amigan, son las creencias. Lo que sostiene a las cosas y a las personas no son los objetivos. Son las creencias. Creer quiere decir: no hay respuesta. Uno cree porque sabe que no puede demostrar una existencia. Ese es el motivo por el que creemos: sabemos que en el fondo no hay resolución, sabemos que el fondo siempre tiende hacia un lugar común, pero así y todo creemos que puede ser de otra manera. Es un artificio tan válido como el de la libertad. No podemos dejar de creer porque no podemos dejar de tener confianza en algo. Cualquier mierdita, algo. Dios, mamá y papá, la muerte y la música. Algo. Yo creí que en Rusia la gente podría llegar a comprar algo que hizo otro. Algo que es el resultado de la intención de otro, y comprarlo como si fuera nuevo, como si fuera un producto hecho a la medida de un tercero. Y acá estoy. Escuchá el instrumento. Allá hay un negocio. Llegaste rodando. Sos mi compatriota. Y sabés, en el fondo, que sí creés en lo que creen los demás.” Dijo.
Apagó el velador y en la oscuridad, me tomó de la mano.
“Cerrá los ojos”, me dijo.
Me llevó por el pasillo, hasta sentir el frío de nuevo.
“Abrilos” me dijo.
Estábamos en la puerta del local, y ya era de noche.
“Andá a Siberia” me dijo.
“Bueno”.
“¿Vas a ir?”
“Sí” le dije.
“Bien” dijo.
Me besó en la mejilla y se guardó en el local. Antes de cerrar la puerta, me habló por última vez.
“¿Hay algo más universal que la muerte y la música?” dijo.
Ahora ya no nieva. Por el decreto.
Este aparato se va a quedar sin energía y yo necesito, de una vez por todas, cenar.
31/05/11
3
Acá estoy. También odio a los taxistas. Y no sabía que Sinatra no recibía plata tocada. Tu abuela siempre me pareció una mujer bellísima. Su habilidad para hacer de su pelo una maceta gris, una maceta esperando algo, y para hablar con la delicadeza hiriente de un cirujano malo. La recuerdo riendo, en alguna de las fiestas que solías hacer en tu casaquinta, mientras bailaba música tecno. Lo recuerdo como si fuera hoy, que nieva: tu abuela con su maceta gris, meneándose con los ojos cerrados, al ritmo de un tema que si no me equivoco era de El Símbolo. Ven y empieza a bailar el ritmo que traigo; es bueno para ti, te enseñaré a bailarlo, levantando las manos, moviendo la cintura, este ritmo nuevo que traigo para ti.
Un movimiento sexy. Eso es lo que me sale cuando escucho la voz entrerriana de Frank Sinatra. Ya sé que ahora estás en Jamaica, que salirte de tu entorno te hace salirte de tus gustos, pero decime si Sinatra no es un típico cantante entrerriano. Decime si Liliana Herrero no recogió su guante. Tu abuela debe manejar buena información, pero me cuesta imaginar a Sinatra recibiendo plata recién impresa, directamente enviada desde la casa de la moneda yanqui a su cuenta, o a su bóveda, o a su colchón. Pero qué cantante, por el amor de Selassie. Qué piel, qué hombreras, qué huesos. El primer taxista que me tocó hablaba en ruso, únicamente: intenté hacerme entender en inglés pero fue imposible. Directamente le mostré el mapa: pasé los dos brazos por entre las hombreras de los asientos, y le indiqué que me llevara a la peatonal. No decía en ningún lado eso, pero supuse que Moscú tenía una peatonal. Después de una hora cuarenta, el taxista paró atrás de un camión recolector de residuos (que son redondos, para tu sorpresa: nunca había visto un camión redondo, con forma de tacho, pero con ruedas) y me dijo en ruso que hasta ahí llegaba. Cuando bajé con el bolso y las valijas, estaba frente a una peatonal inmensa, más o menos de la anchura de la avenida 9 de julio, en Buenos Aires. Habría unas tres mil personas mirando vidrieras, en la primera cuadra. Vi tres casas de deportes y dos locales inmensos de Todo por 2 rublos. En las casas de deportes estaba la camiseta de Racing! Pregunté a un quiosquero y me dijo que sí, que acá miran mucho el fútbol para todos. Me contó que Vladimir Lenin, antes de que se armara el quilombo con Stalin y que se impusiera a fondo la burocracia soviética, había propuesto frente al congreso comunista dos cosas: importar el fútbol y buscar una manera de que todos los soviéticos pudieran ver los partidos. Ese hombre quiosquero me sorprendió mucho, porque conocía mucho de Latinoamérica. Fijate vos: llegó a decirme que el proyecto del fútbol para todos tiene un origen leninista. La cosa es que usé todas las rueditas de las valijas y empecé a caminar por el medio de la peatonal, mientras a mis costados fluían las mareas múltiples de rusos, con sombreros, con cadenas en las botas porque es verdad, uno se resbala mucho acá, y además de ponerle cadenas a las ruedas le ponen a las botas también. Caminé en la dirección en que veía el mar. Pensé que podía quedarme un poco en la costanera a mirar las olas, pero eran algo así como cuarenta cuadras, así que caminé hasta donde puse. Llegué. Era uns fuente lo que veía, la fuente que recibe a los turistas del mundo, según leí un cartel. Cuando levanté la vista, frente a mí se alzó el Kremlin. Sus picos aporongados, sus torres como pijas con relieve. Un espectáculo magnánimo que, no sé por qué, me enojó. Me enojó profundamente. No es que sentí bronca por el derroche de lujo que ofrecen los rusos con su edificio más pijudo, ni tampoco que me pareció la sede de una mafia. Sentí enojo, y aún lo siento, porque hay cosas que no entiendo. Uno se enfrenta a esas moles supuestamente para sentirse bien, a gusto, para admirarlas. Pero a veces surge el efecto contrario. No entender la contemplación del arte me indigna. Me indigna no poder aislarme de los miedos, de las comparaciones, de las exigencias que como turista me impongo. Nunca me había pasado de sentir semejante enojo sólo por pararme frente a un edificio. Éramos yo y el edificio del Kremlin, y mi enojo. Espero, cuando en estos días transite de nuevo por ese lugar, hacer un click, y volver a mí, a la simpleza del disfrute, a entender el paisaje. Por lo pronto, estar enojado en Rusia lo vuelve a uno un poco más ruso. Para salir de ese callejón compré una botella de fernet y me senté a escribirte.
Y compré una BlackBerry. No me pude aguantar, supongo que me influenció la alegría de recibir tu primera carta desde Jamaica. Vi un local de Movistar y había una oferta que me pareció buena: 500 rublos en diez cuotas rusas, con un plan de 200 minutos rusos por mes y un total de 2 gigas rusos de descargas. Pregunté si sólo tenía que descargar de páginas rusas y me miraron con cara de putañero. Así que compré. Me dije: ahora sí, de BlackBerry a BlackBerry vamos a ser otros. Vamos a estar comunicados en comunidad, como corresponde. Igual ahora te estoy escribiendo desde mi netbook, porque todavía no conozco bien el aparato. Tiene una bolita que parece un clítoris: cuando la giro mucho se traba el software. Prometo que mi próxima carta irá desde ahí.
Estoy parando en un hostel. Sale 30 rublos por noche, duermo en una habitación de 35 camas pero tengo baño privado. Hay gente de todo el mundo: latinos, europeos la mayoría, jóvenes, viejos. La recepcionista, una chica tailandesa de padres chilenos, me dijo lo mismo que me dijiste vos en el final de tu carta. Que esté preparado, porque Moscú es una ciudad laberíntica. Le pregunté qué me quería decir con eso. “Eso”, me dijo, es laberíntica, podés perderte con facilidad, podés conocer negocios o cuevas que hasta ahora no fueron conocidas por nadie. Ni por nosotros, los mismos rusos.
“Vos no sos rusa”, le dije.
“Pero casi”, me dijo.
“Hablás como chilena”, le dije.
“Te fuiste a la mierda”, dijo, y me dio vuelta la cara.
La mía, de un bife.
“Esto es Rusia”, me dije.
En un ratito, cuando deje de nevar (parece que a las diez y media de la noche deja de nevar, por un decreto de necesidad y urgencia de Putin, el presidente), voy a salir a buscar un garito para comer. Tengo ganas de entrarle a una entraña de la recalcada concha de mi madre
30/05/11
1
Acá estoy, cumplo con lo pactado y empiezo a contarte todo lo que esta odisea me deparará. Deparará. Acabo de aterrizar en el aeropuerto de Moscú. Sé que hablamos por teléfono una hora antes de salir de Córdoba, pero pasaron cosas que tengo que contarte, si es que vamos a cumplir lo que prometimos. Supongo que ya estarás en viaje vos también. Pero lo que quiero decir es esto: antes de irme, la casa parecía despedirme, los seres vivos que estaban adentro también, hasta los objetos. Cuando tuve las valijas acomodadas al lado de la puerta, vino el Boby a querer decirme algo. Yo estaba cerrando los candaditos, guardando las llaves, revisando el neceser. Sentí las uñitas del Boby llegando al living, se me paró cerca de los garrones, me tocó con una de sus patitas y me invitó a sentarme en el sillón grande. Me senté, y él se vino a mi lado y me puso una patita sobre mi rodilla. Y lloró. Lo vi llorar, le vi correr lágrimas por los lagrimales, lágrimas que fueron canalizándose por esas marcas marrones que tiene entre los ojos y el comienzo del hocico. Fue estremecedor. Me pidió que pensara en algún souvenir para él, me pidió que me cuidara, y sobre todo hizo hincapié (usó esa palabra, aunque no lo creas, y dijo que nunca entendió por qué el castellano tiene una letra muda) para que no pensara en el accidente de estas semanas. Nos abrazamos y justo llegó el remís.
Acabo de aterrizar en Moscú. El vuelo fue larguísimo y movedizo, pero por suerte todo salió bien. El avión estaba completo: 34 pasajeros, las dos turbo-hélices, las dos azafatas y los dos pilotos. Al principio no pude evitar pensar en el accidente de Río Negro. Parecía una mala jugada de dios que justo dos semanas después de que un Saab se cayera en nuestro país, a mí me tocara viajar en un avión ¡idéntico! a Rusia. Siempre dicen que cuando se produce un accidente aéreo, lo mejor que uno puede hacer es volar inmediatamente en esa misma empresa, porque aumentan los controles para que no haya otro accidente pronto. Porque le temen a los juicios. Las aerolíneas y los abogados y los que se dicen cogedores les temen a los juicios. Creo que pasa en todos lados. En todos los países. Pero así y todo, cuando estaba subiendo al avión y vi la pintura sobre el fuselaje, que decía “SOL líneas aéreas", pensé que cómo podía ser que me tocara pasar por eso, y pensé en cómo iba a hacer ese avioncito para llegar a Moscú sano y salvo. Tuvo que cruzar todo el mundo. Pero lo cruzó. Mis compañeros de viaje hablaron todo el tiempo del accidente de Rio Negro. Se armó una mesa con las azafatas, que también se prendieron en la charla, y lo que más criticaron fue al gobierno, y a los pobladores de los pueblos rionegrinos por no haber hecho nada para salvar a la gente (sobre todo al bebé que murió). Fue interesante lo de tener un tema para hablar, porque después de romper el hielo (de las alas y de la confianza) se armó un lindo clima, se construyó un buen grupo humano. Esto último no lo dije yo: lo informó el piloto por el micrófono, antes de la octava escala. Porque como el avión era chico, tuvo que parar catorce veces antes de llegar a Moscú. Hizo escalas es Posadas, Asunción, Quito, Panamá, La Habana, un portaaviones que esperaba en alta mar, Lisboa, Sevilla, Zurich, Viena, Budapest, Bucarest, Kiev, y recién después llegamos a Moscú. El vuelo, en total, ahora que lo pienso, duró ciento veintidós horas. Pero acá estoy, escribiéndote.
Lo primero que me llamó la atención de haber llegado a este país es que son sencillos. Desde el aire, antes de aterrizar, ya pudimos ver que no hablan mucho. Hablan lo justo y necesario. Arriba de la pista de aterrizaje había un cartel verde, sostenido por unos caños, como los carteles de las autopistas. Decía “Rusia”. Así, peladito. Por eso cuando aterrizamos, ahí de verdad sentimos que habíamos llegado a Rusia. La señora que tenía al lado de mi asiento (56 años, la cola hecha) tenía un sombrero de cowboy que no se sacó en ningún momento de las ciento veintidós horas. Durmió con el sombrero, haciendo equilibrio con el tronco, para no pegarse contra el respaldar y que se le cayera. Durmió como un caballo, sentada pero en vertical. A veces, por ejemplo en Viena, se inclinó hacia mi lado y me desperté por el airecito que había generado su movimiento. Cuando se me estaba por caer encima, hacía ella misma un contrapeso, contra ella misma, y se equilibraba. Cuando se despertó en Kiev, sintió frío y me chupó la pija.
Ahora estoy tomando una lágrima rusa (vodka con un chorrito de leche) en una confitería del aeropuerto. Tengo un ventanal enfrente: veo hielo. Y veo nevar sobre el hielo. Llueve sobre mojado. Fuego de noche, nieve de día. Se ve que hay como una costumbre en el hecho de bajar de los aviones acá, porque veo a ejecutivos que bajan de los Jumbos y apenas tocan el piso, apenas pisan Rusia, se sacan los mocasines con los que viajaron y se ponen botas de jean con corderito adentro. En el free shop, compré una caja de Garotos y le pregunté a la cajera, en inglés: ¿Cuál es el producto más salidor?
Y fijate vos. Me dijo que las botas de jean con corderito.
El mundo se está occidentalizando.
En cuanto consiga un hotel y coma comida rusa vuelvo a escribirte.
26/05/11
19/05/11
IRMA
Mara:
A la mañana maté una cucaracha, luego vi otra veloz por la pared. ¿Dónde estaban? Al mediodía moscas. ¿Dónde estabas? Por un momento me pareció que todo era como antes. Por qué llegaste ahora y no antes? No te quedes callada. Por qué no me saludas?
Deci hola por lo menos. Hola Irma -porque madre no les sale- estoy bien no me comieron unos perros en la callejuela oscura. Por qué llegaste ahora? No entienden que yo estoy acá esperándolas y ustedes no puede llegar ahora? Me oís? Una semana de castigo allá abajo te vas a ligar. La confusión surge porque elegimos mal los roles. Yo no quería esto. Estamos equivocadas. O no te llega sangre a la cabeza? Su mala alimentación les está produciendo daños cerebrales. Tienen que comer mejor. Pero qué se puede esperar de la vida que llevan. Si ni marido tienen, viven como dos muertas de hambre, sucias. Pudiendo tenerlo todo. Por qué llegaste ahora? Qué te detuvo? Un hombre te detuvo. Estás con un hombre. Ese hombre te roba la plata que les doy? Ese hombre te hace trabajar? No, no, no, no me mires con esa carita. Te chupa la sangre Angélica como un vampiro! Lo que necesitan vos y la otra pelotuda es un marido, no muchachos estafadores como este. Este hombre las va a llenar de hijos y yo no les voy a ayudar a sacárselos. No lo voy a hacer. No le voy a sacar los chicos a las chicas, por más que me lo pidan, por más que me pongan en las manos una aguja de tejer y me lo imploren. Dejen de pedírmelo con esos ojos de moscas muertas, bien que les gustó cuando se los hacían. Tengo la casa llena de chicos. Porqué me hicieron esto, saquenlos de al lado del cajoncito, que no me toquen el cajoncito, ahí tengo todo. Yo no quiero nietos! Van a empezar a caminar por las paredes, se van a robar todo, la cama, la virgen, el cuadro, la heladera, muerta me van a sacar. Es eso, es eso no Angélica? Me quieren robar, vos, la otra y el hombre se llenan la cabeza de ideas y la panza de hijos. Tienen un plan, no? Un plan para matarme y quedarse con todo. El hombre ese las tiene locas, yo me doy cuenta. Llegas ahora y no antes, callada, con aliento a qué? A que tienen aliento Angélica? A pene, un clásico aliento a pene!! Qué hacen con el muchacho? Se acuestan? Eso hacen no. Inmundos, Inmundos, toda la casa llena de y ustedes sucias, vienen acá arriba sucias y me ensucian a mí.
Angélica saca una jeringa y la inyecta. La lleva despacio hacia la cama.
(Entra música)
14/05/11
10/05/11
Top seven de cosas a eliminar de la tierra al 10/05/2011
09/05/11
Vigoritas
06/05/11
Varietedegiladas
Voy a volver a usar este blog. Digo, subir lo que escribo. Posiblemente me arrepienta hoy a la tarde. Decido cosas de manera precipitada y es peligroso (el acto de volver a usar estos medios entraría en el rasgo de personalidad trágica, pero sinceramente es una preocupación mínima si me arrepiento luego. Hablo de cosas graves.). La ansiedad es algo que me apremia. Jamás he podido sostener una verdad y un ritmo sin que miles de otras pedorradas boicoteen mi cabeza. No por ser prudente con la relatividad o por correcta, no. Sino por pedante, tumultuosa e insegura, quiero penetrar lo esencial de las cosas para que nadie me agarre mal parada. Vaya paja. Quién voy a construir de mí? Hacerle honor a mi apellido?
El problema del ser es que no está en ningún lado. Como dios. Solo somos si creemos que estamos siendo y verdaderamente es una estupidez, una remake de miles de remakes de alguna idea confusa. Solo somos si creemos. En la bondad de los escritores -por ejemplo- ya no creo. Se les nota la honestidad en el esqueleto, no es sus libros y por lo general no se le parecen. De todas formas, no me arrepiento de haber pertenecido. Este blog me hizo felíz varias veces. Vaya si cogimos compañeros.
24/04/11
12/04/11
28/03/11
21/03/11
17/03/11
14/03/11
13/03/11
11/03/11
Dormir

Había una vez,
un gran jardín...
un día claro,
y escuchábamos,
historias que contaban los niños...
Acércate,
sin acercarte...
como un puente que salte la distancia...
Y al esperar,
cuando ya no estás...
nena veo que ( veo que )
me cae el mundo a mí...
y no sé si al entender...
me libro del cielo,
y de la esperanza sinfín...
Solo un momento,
en esta incertidumbre,
y no sé si al entender,
encierro tu alma...
con mi dulce atención
07/03/11
Guardo purpurina en la cartera
la pico en el fondo de una olla
y me la tomo toda
Después
salen estrellitas por los ojos
luces PC 2000
pedos fluorescentes de sirena
De las entrevistas clínicas
los doctores deducen
Que en el corazón existe una fisura
(mi verdadero origen anime no pueden verlo)
el enfermero de suaves modos
me cuida con el heroísmo napoleónico
de quien cobra menos de diez la hora
yo hago lo que el me pide
como japonesa mala
que canta por monedas









