30/5/11

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Acá estoy, cumplo con lo pactado y empiezo a contarte todo lo que esta odisea me deparará. Deparará. Acabo de aterrizar en el aeropuerto de Moscú. Sé que hablamos por teléfono una hora antes de salir de Córdoba, pero pasaron cosas que tengo que contarte, si es que vamos a cumplir lo que prometimos. Supongo que ya estarás en viaje vos también. Pero lo que quiero decir es esto: antes de irme, la casa parecía despedirme, los seres vivos que estaban adentro también, hasta los objetos. Cuando tuve las valijas acomodadas al lado de la puerta, vino el Boby a querer decirme algo. Yo estaba cerrando los candaditos, guardando las llaves, revisando el neceser. Sentí las uñitas del Boby llegando al living, se me paró cerca de los garrones, me tocó con una de sus patitas y me invitó a sentarme en el sillón grande. Me senté, y él se vino a mi lado y me puso una patita sobre mi rodilla. Y lloró. Lo vi llorar, le vi correr lágrimas por los lagrimales, lágrimas que fueron canalizándose por esas marcas marrones que tiene entre los ojos y el comienzo del hocico. Fue estremecedor. Me pidió que pensara en algún souvenir para él, me pidió que me cuidara, y sobre todo hizo hincapié (usó esa palabra, aunque no lo creas, y dijo que nunca entendió por qué el castellano tiene una letra muda) para que no pensara en el accidente de estas semanas. Nos abrazamos y justo llegó el remís.

Acabo de aterrizar en Moscú. El vuelo fue larguísimo y movedizo, pero por suerte todo salió bien. El avión estaba completo: 34 pasajeros, las dos turbo-hélices, las dos azafatas y los dos pilotos. Al principio no pude evitar pensar en el accidente de Río Negro. Parecía una mala jugada de dios que justo dos semanas después de que un Saab se cayera en nuestro país, a mí me tocara viajar en un avión ¡idéntico! a Rusia. Siempre dicen que cuando se produce un accidente aéreo, lo mejor que uno puede hacer es volar inmediatamente en esa misma empresa, porque aumentan los controles para que no haya otro accidente pronto. Porque le temen a los juicios. Las aerolíneas y los abogados y los que se dicen cogedores les temen a los juicios. Creo que pasa en todos lados. En todos los países. Pero así y todo, cuando estaba subiendo al avión y vi la pintura sobre el fuselaje, que decía “SOL líneas aéreas", pensé que cómo podía ser que me tocara pasar por eso, y pensé en cómo iba a hacer ese avioncito para llegar a Moscú sano y salvo. Tuvo que cruzar todo el mundo. Pero lo cruzó. Mis compañeros de viaje hablaron todo el tiempo del accidente de Rio Negro. Se armó una mesa con las azafatas, que también se prendieron en la charla, y lo que más criticaron fue al gobierno, y a los pobladores de los pueblos rionegrinos por no haber hecho nada para salvar a la gente (sobre todo al bebé que murió). Fue interesante lo de tener un tema para hablar, porque después de romper el hielo (de las alas y de la confianza) se armó un lindo clima, se construyó un buen grupo humano. Esto último no lo dije yo: lo informó el piloto por el micrófono, antes de la octava escala. Porque como el avión era chico, tuvo que parar catorce veces antes de llegar a Moscú. Hizo escalas es Posadas, Asunción, Quito, Panamá, La Habana, un portaaviones que esperaba en alta mar, Lisboa, Sevilla, Zurich, Viena, Budapest, Bucarest, Kiev, y recién después llegamos a Moscú. El vuelo, en total, ahora que lo pienso, duró ciento veintidós horas. Pero acá estoy, escribiéndote.

Lo primero que me llamó la atención de haber llegado a este país es que son sencillos. Desde el aire, antes de aterrizar, ya pudimos ver que no hablan mucho. Hablan lo justo y necesario. Arriba de la pista de aterrizaje había un cartel verde, sostenido por unos caños, como los carteles de las autopistas. Decía “Rusia”. Así, peladito. Por eso cuando aterrizamos, ahí de verdad sentimos que habíamos llegado a Rusia. La señora que tenía al lado de mi asiento (56 años, la cola hecha) tenía un sombrero de cowboy que no se sacó en ningún momento de las ciento veintidós horas. Durmió con el sombrero, haciendo equilibrio con el tronco, para no pegarse contra el respaldar y que se le cayera. Durmió como un caballo, sentada pero en vertical. A veces, por ejemplo en Viena, se inclinó hacia mi lado y me desperté por el airecito que había generado su movimiento. Cuando se me estaba por caer encima, hacía ella misma un contrapeso, contra ella misma, y se equilibraba. Cuando se despertó en Kiev, sintió frío y me chupó la pija.

Ahora estoy tomando una lágrima rusa (vodka con un chorrito de leche) en una confitería del aeropuerto. Tengo un ventanal enfrente: veo hielo. Y veo nevar sobre el hielo. Llueve sobre mojado. Fuego de noche, nieve de día. Se ve que hay como una costumbre en el hecho de bajar de los aviones acá, porque veo a ejecutivos que bajan de los Jumbos y apenas tocan el piso, apenas pisan Rusia, se sacan los mocasines con los que viajaron y se ponen botas de jean con corderito adentro. En el free shop, compré una caja de Garotos y le pregunté a la cajera, en inglés: ¿Cuál es el producto más salidor?

Y fijate vos. Me dijo que las botas de jean con corderito.

El mundo se está occidentalizando.

En cuanto consiga un hotel y coma comida rusa vuelvo a escribirte.

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