31/5/11

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Acá estoy. También odio a los taxistas. Y no sabía que Sinatra no recibía plata tocada. Tu abuela siempre me pareció una mujer bellísima. Su habilidad para hacer de su pelo una maceta gris, una maceta esperando algo, y para hablar con la delicadeza hiriente de un cirujano malo. La recuerdo riendo, en alguna de las fiestas que solías hacer en tu casaquinta, mientras bailaba música tecno. Lo recuerdo como si fuera hoy, que nieva: tu abuela con su maceta gris, meneándose con los ojos cerrados, al ritmo de un tema que si no me equivoco era de El Símbolo. Ven y empieza a bailar el ritmo que traigo; es bueno para ti, te enseñaré a bailarlo, levantando las manos, moviendo la cintura, este ritmo nuevo que traigo para ti.

Un movimiento sexy. Eso es lo que me sale cuando escucho la voz entrerriana de Frank Sinatra. Ya sé que ahora estás en Jamaica, que salirte de tu entorno te hace salirte de tus gustos, pero decime si Sinatra no es un típico cantante entrerriano. Decime si Liliana Herrero no recogió su guante. Tu abuela debe manejar buena información, pero me cuesta imaginar a Sinatra recibiendo plata recién impresa, directamente enviada desde la casa de la moneda yanqui a su cuenta, o a su bóveda, o a su colchón. Pero qué cantante, por el amor de Selassie. Qué piel, qué hombreras, qué huesos. El primer taxista que me tocó hablaba en ruso, únicamente: intenté hacerme entender en inglés pero fue imposible. Directamente le mostré el mapa: pasé los dos brazos por entre las hombreras de los asientos, y le indiqué que me llevara a la peatonal. No decía en ningún lado eso, pero supuse que Moscú tenía una peatonal. Después de una hora cuarenta, el taxista paró atrás de un camión recolector de residuos (que son redondos, para tu sorpresa: nunca había visto un camión redondo, con forma de tacho, pero con ruedas) y me dijo en ruso que hasta ahí llegaba. Cuando bajé con el bolso y las valijas, estaba frente a una peatonal inmensa, más o menos de la anchura de la avenida 9 de julio, en Buenos Aires. Habría unas tres mil personas mirando vidrieras, en la primera cuadra. Vi tres casas de deportes y dos locales inmensos de Todo por 2 rublos. En las casas de deportes estaba la camiseta de Racing! Pregunté a un quiosquero y me dijo que sí, que acá miran mucho el fútbol para todos. Me contó que Vladimir Lenin, antes de que se armara el quilombo con Stalin y que se impusiera a fondo la burocracia soviética, había propuesto frente al congreso comunista dos cosas: importar el fútbol y buscar una manera de que todos los soviéticos pudieran ver los partidos. Ese hombre quiosquero me sorprendió mucho, porque conocía mucho de Latinoamérica. Fijate vos: llegó a decirme que el proyecto del fútbol para todos tiene un origen leninista. La cosa es que usé todas las rueditas de las valijas y empecé a caminar por el medio de la peatonal, mientras a mis costados fluían las mareas múltiples de rusos, con sombreros, con cadenas en las botas porque es verdad, uno se resbala mucho acá, y además de ponerle cadenas a las ruedas le ponen a las botas también. Caminé en la dirección en que veía el mar. Pensé que podía quedarme un poco en la costanera a mirar las olas, pero eran algo así como cuarenta cuadras, así que caminé hasta donde puse. Llegué. Era uns fuente lo que veía, la fuente que recibe a los turistas del mundo, según leí un cartel. Cuando levanté la vista, frente a mí se alzó el Kremlin. Sus picos aporongados, sus torres como pijas con relieve. Un espectáculo magnánimo que, no sé por qué, me enojó. Me enojó profundamente. No es que sentí bronca por el derroche de lujo que ofrecen los rusos con su edificio más pijudo, ni tampoco que me pareció la sede de una mafia. Sentí enojo, y aún lo siento, porque hay cosas que no entiendo. Uno se enfrenta a esas moles supuestamente para sentirse bien, a gusto, para admirarlas. Pero a veces surge el efecto contrario. No entender la contemplación del arte me indigna. Me indigna no poder aislarme de los miedos, de las comparaciones, de las exigencias que como turista me impongo. Nunca me había pasado de sentir semejante enojo sólo por pararme frente a un edificio. Éramos yo y el edificio del Kremlin, y mi enojo. Espero, cuando en estos días transite de nuevo por ese lugar, hacer un click, y volver a mí, a la simpleza del disfrute, a entender el paisaje. Por lo pronto, estar enojado en Rusia lo vuelve a uno un poco más ruso. Para salir de ese callejón compré una botella de fernet y me senté a escribirte.

Y compré una BlackBerry. No me pude aguantar, supongo que me influenció la alegría de recibir tu primera carta desde Jamaica. Vi un local de Movistar y había una oferta que me pareció buena: 500 rublos en diez cuotas rusas, con un plan de 200 minutos rusos por mes y un total de 2 gigas rusos de descargas. Pregunté si sólo tenía que descargar de páginas rusas y me miraron con cara de putañero. Así que compré. Me dije: ahora sí, de BlackBerry a BlackBerry vamos a ser otros. Vamos a estar comunicados en comunidad, como corresponde. Igual ahora te estoy escribiendo desde mi netbook, porque todavía no conozco bien el aparato. Tiene una bolita que parece un clítoris: cuando la giro mucho se traba el software. Prometo que mi próxima carta irá desde ahí.

Estoy parando en un hostel. Sale 30 rublos por noche, duermo en una habitación de 35 camas pero tengo baño privado. Hay gente de todo el mundo: latinos, europeos la mayoría, jóvenes, viejos. La recepcionista, una chica tailandesa de padres chilenos, me dijo lo mismo que me dijiste vos en el final de tu carta. Que esté preparado, porque Moscú es una ciudad laberíntica. Le pregunté qué me quería decir con eso. “Eso”, me dijo, es laberíntica, podés perderte con facilidad, podés conocer negocios o cuevas que hasta ahora no fueron conocidas por nadie. Ni por nosotros, los mismos rusos.

“Vos no sos rusa”, le dije.

“Pero casi”, me dijo.

“Hablás como chilena”, le dije.

“Te fuiste a la mierda”, dijo, y me dio vuelta la cara.

La mía, de un bife.

“Esto es Rusia”, me dije.

En un ratito, cuando deje de nevar (parece que a las diez y media de la noche deja de nevar, por un decreto de necesidad y urgencia de Putin, el presidente), voy a salir a buscar un garito para comer. Tengo ganas de entrarle a una entraña de la recalcada concha de mi madre

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