3/6/11

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Puedo llorar de la emoción. Decís que no sería mi cabeza pero puedo, me sale, lo he hecho. Lloro cada quince o veinte días por alguna emoción. Lloré cuando los mozos de la casa rosada despidieron a Néstor, el 27 de octubre del año pasado. Lloré también cuando Palermo le hizo el último gol a River, el otro día. Me quebré. Me quiebro con facilidad. Me pasa desde hace un par de años, que le perdí un poco de miedo a mostrarme como lo que soy. No me sale del todo igual. Lloré cuando llovió la última vez. Y lloré en el momento en que decidí dejar todo en Córdoba, mi trabajo, mi perro, mis hijos y mi huerta y mi auto para ver de qué se trata el mundo en esta parte.

Estoy escribiéndote desde un banco de plaza. Está rayado, como los bancos de plaza en Argentina. Todo rayado por adolescentes rusos. No entiendo un carajo, no hace falta que te lo diga. Sino te estaría transcribiendo el texto que este banco me muestra. Hoy desperté por unos ruidos que hacían unas mujeres en la otra punta de la pieza del hostel. Apenas pude abrir los ojos para ver la penumbra: entraban unos rayitos de luz por una ventana fina y alta, y la gente dormía, o se hacía la que dormía, salvo estas chicas portuguesas que se tentaron, en la otra punta, y fueron tomando el rol de un reloj despertador. Hoy desperté como en una pesadilla, porque en el medio de esa situación, se abrió la puerta de la pieza y entró un resplandor. Un resplandor de verdad, que me encegueció, a mí y a todos: la recepcionista le indicaba una de las camas a una nueva huésped, que llegó con un bolso de mano y una valija. Tenés que ver cómo fue el proceso, para mí, de esa vivencia. Como estaba de costado en la cama, lo primero que le vi a la huésped fueron las botas. De a poco, subiendo, un pantalón de jean chupín inversamente nevado, es decir, blanco con pintitas negras, y un cinturón de hueso, ancho, con una hebilla en forma de óvalo apenas arriba de la concha (un cinturón caído, sólo de facha). Vi las iniciales de la hebilla, porque justo, justo, un hilo de la luz de la calle rebotaba ahí, en el metal. Las iniciales eran D.G.I. Subí un poco más, y vi una campera de jean negra, nevada al derecho: negra con pintitas blancas. Ahí empecé a estremecerme, por la memoria del vértigo, la memoria del dolor. Sobre la campera un cuello ajado, sobre el cuello unos lentes negros, y sobre los lentes, sí: un sombrero de cowboy.

La señora que me chupó la pija en el avión vino para mi lado, aunque no lo creas. Estoy durmiendo en la cama de abajo de una cucheta doble. Quise taparme la cara con la frazada, y pensé que lo había logrado, pero la vieja alzó la valija, la apoyó sobre el colchón que eligió, y de un saque, con la naturalidad de un zoólogo que baja para saludar a una tortuga ecuatoriana, se agachó con sus muslos henchidos por un gimnasio perpetuo y quedamos face to face, ella sonriendo, yo fingiendo un sueño atroz.

“Bongiorno”, me dijo, susurrando.

No abrí los ojos pero pude sentir la sonrisa que me estaba dedicando.

El miedo, o lo que es lo mismo, la distancia que sentí entre mi presente y mi futuro, me hizo esperar un poco a que se fuera y me escapé de la cama, me fui a bañar. Después me puse un gamulán de nylon que compré en estos días y salí a caminar.

Estoy escribiéndote desde un banco de plaza y es de noche, es jueves acá, y me dan ganas de llorar. Está nevando un poquito, el nylon del gamulán me salva de mojarme, pero está nevando. Dentro de media hora va a dejar de nevar, por el decreto. Son las diez de la noche y me siento adentro de un sueño, todavía no lo pude superar. Tengo que contarte lo que fue mi tarde, porque nunca viví una cosa así. Nunca pensé que el solo hecho de querer viajar lejos, y hacerlo, me iba a llevar a vivir otra vida, como si fuera otra persona. Cambiar de lugar es cambiarse de ojos, de corazón, de maxilar. Acá en Rusia no existe la particularidad: todo parece universal, aunque uno busque sólo elementos, objetos, cosas, sentimientos, recuerdos chiquitos, ínfimos, inmirables.

Tecleo ahora en este BlackBerry flamante que tengo en la mano, y que a partir de ahora hará todo lo posible, con sus ondas, para introducir algún tipo de cáncer en mi cuerpo, y pienso en la historia de este nuevo día que pasó, necesito escribirte las cosas que me pasaron. Es como un sueño, te lo juro. Siento que hago y deshago todo el territorio ruso a mi antojo. Desde que escapé del hostel, de la italiana chupapijas, creí, tuve la certeza, de que iba a encontrar en este laberinto-ciudad de calles congeladas un lugar tan oculto que ni siquiera un ruso pudiera conocerlo. Y lo encontré, como te digo, como en un sueño desarreglado. Hace ya once horas que camino por Moscú, y ahora pienso en que no puedo vivir por fuera de la idea de la confianza. Estuve horas caminando y usando las palabras sin sonido que brotan de la cabeza, buscando un garito desconocido, nuevo, virgen del frío. Almorcé en un Pancho Villa (acá se llaman igual, son franquicias) y entré a eso de las tres de la tarde por un callejón curvo y así llegué a otro callejón curvo, pero en sentido contrario. Increíblemente ese pequeño pasadizo desembocó en una avenida ancha como la cuenta corriente de Shoklender, caminé unas cuadras entre bocinazos y rusos apurados, y después de otras cuadras encontré otro callejón muy parecido al primero que había tomado, que recorrí casi en forma circular hasta llegar a no sabés dónde: al primer callejón, sí, ¡que había tomado! Sentía en el pecho que estaba cerca del centro cívico ruso. Cuando me di cuenta que era ése, que estaba en el primer callejón, miré al cielo y vi los copos caerme directamente a los ojos. ¿Te acordás de este protector de pantalla de las compus viejas, del Windows 98, que era como un simulacro de viaje en una nave espacial, y que uno se quedaba mirando la pantalla porque había estrellitas que se te venían encima como copos de nieve? Bueno, fue así pero sin espacio exterior, de día. Y así como me di cuenta de que ya había estado en ese callejón un rato antes, también me di cuenta que había cambiado. Así que lo caminé de nuevo, buscando ese segundo callejón que había empalmado con la curva en sentido contrario. Y cuando tomé el segundo callejón también estaba completamente distinto. Tanto que se comunicaba con un tercer callejón, barranca arriba, de adoquines congelados y negocios de bebidas, licorerías. Entré en una y compré una botella en miniatura de Terma cuyano. Salí del local, la abrí, caminé y la terminé de un sorbo. Así puro como venía. Unos metros después entré en otra licorería, mucho más oscura que la primera, que también vendía juguetes, y compré una botella en miniatura de agua desmineralizada. La misma que se usa para los radiadores de los autos. Salí a la calle y la terminé de otro sorbo. Y miré el reloj. Habían pasado dos horas.

Cuando llegué a la cima del callejón, vi que lo continuaba otro callejón, curvo también, pero barranca abajo. Di tres pasos y me resbalé. Se ve que el nylon del gamulán hizo un efecto contrario al que necesitaba, porque empecé a derrapar y a pegar contra los adoquines siguiendo exactamente el mismo camino brusco que me imponían las grietas, las juntas. Las grietas me llevaron a frenar contra el marco de un negocio, del flanco derecho del callejón. Un negocio que venía Cds grabados. Era como un negocio de informática pero en realidad era un negocio de información. Vendían solo discos compactos, pero grabados: lo habitantes de Moscú suelen, en vez de tirarlos a la basura, vender sus Cds usados a estos negocios, y ellos a su vez los ofrecen para otros habitantes, o turistas, o personas. Si vos, por ejemplo, ahora que estás allá, querés escuchar reggae, ellos te llevan a una vitrina donde hay muchos Cds en bolsitas que tienen escrito “varios reggae”, o “marley mix”, o “tosh-marley-perry-skatalites”. La chica que atendía me auxilió en la puerta. Me vio el labio partido y me hizo entrar. Me llevó hasta su baño, sonriendo. Abrió el grifo (sí, el grifo) y me agarró bien fuerte de los pelos de la nuca, y me tiró la cabeza para atrás. Quedamos los dos mirándonos a través del espejo.

Se mojó la mano, me mojó la frente, y después me pasó el pulgar por la sangre del labio.

Y dijo:

“Carnosos”.

Casi me desmayo. La puerta del baño estaba cerrada, sólo una lamparita nos permitía vernos en el espejo, y la chica me habló en español.

“Sos… ¿argentina?” le dije.

“De Aldo Bonzi” me dijo.

“Pará, ¿estoy soñando?” dije, y ella se rió y me tiró más fuerte del pelo:

“No seas tonto” me dijo, “es sólo una casualidad”. “¿Vos no creés en las casualidades?”

“A veces”.

“¿Vos no creés?” me dijo.

“Me cuesta” le dije…

“Creé” dijo. “Creé”.

Me sacó del baño y me llevó por un pasillo. Caminamos no menos de 50 metros. El pasillo era recto, y se fue acabando la luz a medida que avanzábamos. En un momento se acabó: todo se puso oscuro. Al final había una puerta de chapa sin picaporte. La empujó, y entramos en una pieza absolutamente cuadrada. Me dijo que tenía 2,30 por 2,30 por 2,30. Estaba, además, absolutamente revestida en alfombra. Negra. Aspirada, bien limpia, perfecta.

Había dos almohadones celestes en el piso, y un velador con una lamparita celeste.

Encendió el velador y me indicó el almohadón. Ella se sentó en el otro.

(Quedamos enfrentados.)

“Escuchá” me dijo. “Yo tenía un cyber allá en la provincia, y no creía en nada. Un cyber con cuarenta máquinas y cinco televisores con play station 2, para jugar al fulbito. No creía en mi familia, que se desmoronó como seguro se desmoronó la tuya, no creía en el futuro, ni en el sentido de las cosas, y sobre todo no creía en la confianza. Sentía que la posta pasaba por dejarme llevar, pero ¿hacia dónde? ¿Dejarse llevar hacia dónde? Llegaste rodando acá, hace unos minutos. ¿Entendés? Rodando, llegaste. ¿Cómo te llamás?”

“¿Te parece que importa?” le dije.

“La verdad que no. Perdoname” dijo. “Pero entendé lo que te digo. Tenés que creer, porque no queda otra. Yo llegué acá con una mano atrás y la otra adelante. La izquierda en el culo y la derecha en la concha. Y se me veían las tetas. Imaginate lo que fue. Llegué a Moscú, vi ese cartel sobre la pista del aeropuerto, y pensé: ¿por qué lo común tiene ser la cara de lo resignado? ¿Quién carajo puede venir a decirme qué es común y qué es raro? Llegué a Rusia. Bueno. ¿Adónde más quiero llegar? Fue un click, eso ya lo entendiste. Lo estás entendiendo acá, mientras me mirás. Yo, en el mostrador del cyber, me decía todas las tardes: es todo mentira. Estoy cansada de empujar por todo esto porque es mentira. Vivía enojada porque decía que no me quería resignar a la parte horizontal de la vida, a eso que la gente quiere sostener con tranquilidad, como si supieran, ¿no? Todos tenemos las mismas necesidades. Necesitamos que nos quieran, y para que nos quieran, te guste o no, hay que creer” dijo, y respiró hondo.

Seguí mirándola.

“Mirá”, me dijo. “Fijate lo que pasa cuando apago el velador.”

Apagó el velador, lo volvió a prender y en un costado de la pieza, contra el vértice entre el piso y una pared, apareció un mendigo muerto. De la nada. Te lo juro por mi pelo, por mi sensatez. Un mendigo muerto.

“Ahí va”, dijo. “La muerte. ¿Qué es la muerte? La verdad. Bien. Eso dicen. ¿Tienen razón? Sí. Es la verdad. ¿Pero es TODA la verdad? No, no es TODA la verdad” dijo.

“Pero qué es esto” dije, y quise pararme:

“Vos escuchame” me dijo. (Quedé temblando.)

“Todos los relatos de vida son igual de falsos. El relato de todos se basa en una mentira, en algo que parece antinatural. Una familia se disuelve con el paso de una estación a otra. De otoño a invierno, generalmente. Somos testigos de eso, testigos lejanos o cercanos, no importa. Pero lo vemos. Vemos caer el edificio, alguien le pone bombas de esas que lo hacen destruirse hacia adentro sin romper las construcciones del entorno. Y se rompen. Se rompió el edificio de mi infancia, mi adolescencia, los progenitores. Sí, resultó otra cosa. Bueno, pero entonces qué.” Dijo, y apagó el velador otra vez.

Cerré los ojos.

Cuando los abrí había, al lado del muerto, un bebé de dos años, más o menos, tocando el violonchelo.

Tocaba una suite, y tocaba bien.

“En realidad eso no importa. Está la muerte, y está la música”, me dijo. Sonrió. “Y en el hecho de que eso no importa, descansa la certeza que tenemos para hacer algo en detrimento de otra cosa. Hay un circo, un circo andante, y porque hay circo, creemos. Sí, es una mentira. Pero las cosas nacen y mueren así, por el efecto mismo de una creencia. No podemos no creer. Podemos creer en alguna otra cosa que nos permita armar un sistema, pero al final, las que compiten, las que chocan, las que se amigan, son las creencias. Lo que sostiene a las cosas y a las personas no son los objetivos. Son las creencias. Creer quiere decir: no hay respuesta. Uno cree porque sabe que no puede demostrar una existencia. Ese es el motivo por el que creemos: sabemos que en el fondo no hay resolución, sabemos que el fondo siempre tiende hacia un lugar común, pero así y todo creemos que puede ser de otra manera. Es un artificio tan válido como el de la libertad. No podemos dejar de creer porque no podemos dejar de tener confianza en algo. Cualquier mierdita, algo. Dios, mamá y papá, la muerte y la música. Algo. Yo creí que en Rusia la gente podría llegar a comprar algo que hizo otro. Algo que es el resultado de la intención de otro, y comprarlo como si fuera nuevo, como si fuera un producto hecho a la medida de un tercero. Y acá estoy. Escuchá el instrumento. Allá hay un negocio. Llegaste rodando. Sos mi compatriota. Y sabés, en el fondo, que sí creés en lo que creen los demás.” Dijo.

Apagó el velador y en la oscuridad, me tomó de la mano.

“Cerrá los ojos”, me dijo.

Me llevó por el pasillo, hasta sentir el frío de nuevo.

“Abrilos” me dijo.

Estábamos en la puerta del local, y ya era de noche.

“Andá a Siberia” me dijo.

“Bueno”.

“¿Vas a ir?”

“Sí” le dije.

“Bien” dijo.

Me besó en la mejilla y se guardó en el local. Antes de cerrar la puerta, me habló por última vez.

“¿Hay algo más universal que la muerte y la música?” dijo.

Ahora ya no nieva. Por el decreto.

Este aparato se va a quedar sin energía y yo necesito, de una vez por todas, cenar.

1 comentario:

el nico (nn) dijo...

Mierda, está más bueno que hacer una réplica (escala 1/1) del lateral del Maracaná y tomarselá. Jú. un beso.