16/8/11

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Estoy en Siberia, y fue tremendo recibir tu carta porque acá pasa algo (otra vez lo digo, y pienso seguir diciéndolo si es necesario) que nunca había visto en mi vida, y que creo no vuelva a ver. Estoy en Siberia. Y acá el tiempo no ha pasado. Digo tremendo porque es de verdad tremendo: acá no hay señal de nada. No andan los satélites. Por más que uno tenga su propia antena, para ver tele, para el teléfono, para la internet, no anda, no se puede conectar esta parte de la tierra con cualquier parte del cielo. Entonces pasó todo esto que te voy a contar, y sé que lo vas a creer porque para qué mentirte: esta demora mía en responderte fue porque tardé dos meses en llegar al único pueblo donde admiten seres humanos que no son rusos. Viajamos en una diligencia, como las de las películas o los libros de historia: me di cuenta que una diligencia es un sulky de alta gama, lo mismo pero con techo y ventanas. Aunque te parezca mucho, tardamos poquísimo: dos meses para llegar a la punta superior derecha del mapamundi que nos enseñaron en el cole, en sulky, es muy poco tiempo. Nunca había visto caballos que galoparan tan rápido y tanto tiempo seguido. Hay una novela de Moyano que transcurre en la cordillera de los andes, a la altura de La Rioja. Ahí se narra un viaje de ocho o nueve mulas que transportan un piano de cola, para llevarlo al mar, creo. Y por causa de la altura, las mulas, mientras avanzan, van chorreando sangre desde la nariz. Pero nunca se detienen. Estos caballos, recontra mil cagados de calor pese a la nieve y el hielo, también chorreaban sangre por la nariz, mientras galopaban al mango. Fue increíble: pasamos sesenta días deteniéndonos apenas de a lapsos de diez minutos, y los caballos iban tan rápido que el paisaje se fue poniendo cada vez más blanco y sin plantas (supongo que será la tundra de la que hablaban las maestras), y las gotas de sangre de los caballos pegaban contra los vidrios frontales de la diligencia (en el parabrisas), por la velocidad, y no tenían limpiaparabrisas, así que el vidrio terminó convirtiéndose en una obra de arte pagana, precaria, de esas que sólo llegan al éxito en Youtube. Cuando llegamos al pueblo, a este lugar desde donde te escribo (ahora a mano), quise conectar el BlackBerry pero me dijeron eso que te conté antes, que acá no llega ningún tipo de señal. No hay forma de conectarse con nada. Ojo: además no tenía batería, imaginate. Pero acá viene lo increíble: ¿sabés qué hacen para comunicarse? A los de Movistar o Personal les latería el orto acá. Tienen una diligencia especialmente preparada para viajar al punto en el que se pierde toda señal. Ese punto está a ciento ochenta kilómetros del pueblo en el que estoy parando. Lo que hacen es recolectar todos los mensajes que tienen para dar las personas. Los llevan escritos, manuscritos, a este punto que te digo, al sudoeste de acá, y ahí mismo, donde hay un pequeño edificio de adobe que funciona como central, hay un equipo de rusos que transcriben los mensajes nuestros y los mandan por correo, por mail, por sus BlackBerrys o por teléfono, a quienes corresponda. Lo único que llega acá son las ondas de radio, porque son cositas que viajan en el medio, ni en la tierra tierra ni en el cielo cielo. Entonces, recién cuando uno les da sus datos y sus claves, recién ahí uno está en condiciones de recibir mensajes: antes no existen los mensajes para uno porque acá no se existe. Si uno no avisa que está vivo, que está en este lugar de Siberia, acá no se existe. Ayer di mis datos a la diligencia de la mensajería y hoy, hace un rato, recibí tu carta, que escribiste hace tantos, tantos días. Me la dieron manuscrita, en español, como si nada. Y por eso ahora mismo te estoy respondiendo, a mano, temblando como un hijo de puta, pero feliz, sobre un papel amarillento que me dieron dos tailandeses, escribiendo con una lapicera Savonis que me traje desde Córdoba, que compré en una librería de General Paz y Deán Funes. Estoy en Siberia, escribiéndote con una Savonis, y como te imaginarás, no entiendo nada. Dicen por acá que pronto va a haber elecciones en Argentina y que Cristina va a perder. Si pasa eso me voy a Paraguay y me quedo ahí, o a Londres, no sé.
El pueblo éste es raro. Te puedo contar en la próxima carta si querés. Sólo hay cuarenta y ocho camas disponibles, distribuidas en siete cabañas. No sé si soy feliz acá, pero me siento pleno. La palabra felicidad no tiene nada que ver con este lugar. Pero sí tiene que ver con escribirte. Quiero que estés tranquila, porque en serio estoy muy bien. Te escribo mucho del lugar porque ya ves, esto es literalmente otro planeta. Vos misma, desde acá, te ves absolutamente distinta. Tenés la misma sonrisa y las mismas ocurrencias, pero al mismo tiempo es como si te pensara a millones de kilómetros de distancia, como si estuvieras tomando una copa de vino en Saturno y yo te pensara (te mirara) desde Marte. Como si te fueras, mientras te miro, impresa en un cartel en la parte de atrás de un colectivo. Estoy bien. Y cambió tanto, pero tanto, mi manera de pensar, me siento tan solo e indestructible, que estoy pensando seriamente en tratar de seguir camino hasta la punta punta, hasta ese estrecho que a nosotros, en la primaria, se nos caía del mapa, para cruzar a Alaska y así volver a nuestro continente, y a partir de ahí alquilar un auto y salir a buscar un número de la revista El Gráfico en el que salía en la tapa Ramón Díaz con su característica cara de hiena, esa que pone siempre cuando come mierda y se ríe.
Vos te preguntarás por qué Ramón: bueno, no sé. Pero creo que voy a intentar salir a buscar esa revista, tratar de encontrarla en alguna esquina del mundo.
Supongo que por carta podremos seguir comunicándonos, o por el aparatito. ¿Vos qué creés? ¿Dónde andás vos? No sé cuándo carajo vas a recibir esto, pero ¿podremos encontrarnos de casualidad en alguna esquina del mundo, uno mirando los carteles de alguna avenida o alguna playa con un Gráfico bajo el sobaco y la otra diciendo “ey”, y salir caminando hacia algún café, para ensayar alguna promoción de merienda, o algún tostado con licuado?
Y qué querés que te diga, yo creo que sí. Es lo que sigue para mí. Alquilo un auto y me cruzo de continente. Te voy avisando a medida que tenga señal. Vos avisá dónde estás, y cómo estás, esas cositas de las que vivimos.

Cariños

2 comentarios:

Gabita dijo...

hacer un comentario luego de este relato... es poco...
totalmente palpable e imaginable...
hermoso.
gabi

Elisa dijo...

lo escribió Diego Vigna